Cuando el cerebro se va acostumbrando a tener elucubraciones sobre cómo sera la vida en un próximo futuro, en el que si la suerte vital nos favorece podamos comprobar nuestras predicciones; es inevitable que la profundidad de estos sueños vaya desplazándose en algún momento, hacia temas más existenciales.

Estas mis aventuras nocturnas empezaron con temas más o menos triviales, relacionados con el ocio: turismo, cine, fútbol, pero pronto empezaron a coger altura vital: mundo laboral y robotización o cambios en nuestra forma de relacionarnos sexualmente.

En mi ultima soñación, el nivel de mis ficciones giró aún un punto más en la escala conceptual, y se adentró por las luces y sombras del futuro de nuestras religiones. La forma elegida para manifestarse también difirió de las acaecidas hasta la fecha. En los sueños anteriores, se me presentaba el futuro a través de opiniones, estudios, oferta de servicios impersonales. Pero en esta ocasión, el que aparecía manifestando sus opiniones dentro de mi ficción soñada en veinte años, era yo mismo. La verdad es que el asunto elegido en esta ocasión por mi destino soñado, era un tema en el que no cabe esconderse en los otros, sino que exige de un posicionamiento personal y bien razonado desde el interior y las creencias de cada sujeto, como ente individual dotado de raciocinio.

Recuerdo que en mi sueño, aparecía yo tranquilamente sentado y jugando a la “virtual play” con una chiquilla de unos doce años, cuyo rostro evidentemente no reconocí en mi vuelta, pero que me transmitía cercanía y familiaridad. Dicha chiquilla de repente, me espetaba una demoledora pregunta que rompió mi cintura emocional por unos instantes: Abu, ¿qué es Dios?.

Está claro que se trataba de una futura nieta que nacerá en los próximos años. Lo que realmente me aturdió no fue su rostro familiar, pero desconocido en el presente, sino la forma de formular la pregunta, a través de un QUE es vez de un QUIEN. Ello me llevó a plantearme en mi vuelta al presente, que los cambios que vamos a sufrir en la forma de aceptar, sentir y vivir nuestra religiosidad, probablemente vayan a ser los más grandes acaecidos en la historia de la civilización moderna.

Si nos circunscribimos a la situación concreta de nuestro entorno cercano, es decir la Iglesia Católica, se deben afrontar retos y suceder cambios muy notables, para bien o para mal según las creencias de cada cual. No solo, por la inevitable apertura a la ordenación de mujeres (no sé si se llamaran sacerdotisas) o la aceptación del matrimonio para sacerdotes y sacerdotisas; sino también, porque cambiará el mapa geográfico de esa Iglesia. O mucho cambian las cosas, o el centro de poder de esa iglesia se desplazará a América y a África. Hay estudios que indican que el mayor porcentaje de población de los que se declaren católicos en veinte años, estará en África. A cambio, el número de ateos en el mundo aumentará, pero de manera especialmente significativa en Europa. También hay un riesgo evidente de radicalización en los que queden dentro de esta nueva Iglesia como acto de defensa frente a esa pérdida de efectivos y consiguientemente de poder. Para creyentes racionales como yo, pueden venir tiempos duros si estos retos no se gestionan adecuadamente según nuestro punto de vista.

Parte de lo que expreso lo entenderéis mejor una vez os haya contado mi sueño, que es de lo que iba esta narración y no quiero alargarme en más prolegómenos.

En mi sueño, yo le argumentaba a mi nieta de doce años, asumiendo que en el año 2039 debería tener una formación intelectual adecuada para entender lo que le decía, lo que trato de transcribir a continuación; todo lo fielmente que mis retro-recuerdos han podido permanecer en mi memoria retentiva. Es probable que en esta narración, dichos retro-recuerdos se vean mezclados y confundidos con mi manera de pensar actual y que por lo que parece de mi sueño, no va a diferir en exceso de lo que piense a esa fecha futura.

Yo empezaba diciéndole algo, mas o menos así:

“A lo largo de la historia, las religiones han tratado de explicar el cómo, por qué y para qué hemos venido a este mundo y en paralelo imponer cómo debería ser nuestro comportamiento durante el tránsito de nuestra vida. Para que los seres humanos entendiéramos lo que se nos decía, se articuló la figura o figuras de unos seres superiores como los responsables de nuestra presencia en este mundo. En algunas culturas se habla de un ser en singular y en otras se habla en plural, como quiera que sea la elección, a ese ser superior se le llamó Dios.

Dos han sido las herramientas usadas para comunicar los mandatos de ese Dios: la fe y sus dogmas. A la fe han recurrido las religiones para explicar lo que el ser humano era incapaz de ver y entender. A través de sus dogmas se ha tratado de evitar que se pusiera en duda los mandatos emanados de la fe. Para completar el triángulo, los seres humanos alegando mandatos divinos, han establecido instituciones para velar por la pureza de la fe, legislar sus dogmas y juzgar el comportamiento de sus feligreses. Obviamente, estas instituciones aunque divinas en su origen, se han contagiado de las miserias humanas y en muchas ocasiones, se han usado como instrumentos de poder humano. En el caso de mi fe, esa institución se llama Iglesia.

En la mayoría de las épocas de la historia humana reciente, no se ha podido ir en contra ni de la fe, ni de sus dogmas, ni de la Iglesia. Llegándose a estigmatizar y en muchos casos a hacer desaparecer, a los que no aceptaban todas sus reglas y obedecían sus mandatos. A estos seres humanos se les acusaba de herejes, si dudaban o ponían reticencias a alguno de los vértices de este triángulo religioso, o de ateos a los que no creían en Dios.

Dicho esto, entenderás que una cosa es lo que los seres humanos manifestaran de cara al exterior y otra lo que pensaran para sus adentros por miedo a ser atacados o incluso, ajusticiados.

Otra cosa curiosa es que, cuando han ocurrido catástrofes generales o las personas han sufrido acontecimientos dolorosos en su existencia, o simplemente han visto cercano el fin de sus días, se ha aumentado la creencia en ese Dios. Más que nada, como un modo de poner sentido a nuestra existencia dolorosa y finita en este mundo y por temor a ser castigados tras nuestra muerte con lo que se llama infierno”

Leyendo y releyendo estos retro-recuerdos que os acabo de contar, incluso a mí me resulta extraño que yo pudiera hablar así a un niña de doce años, pero esto de tratar de recordar un sueño ficción es complicado. Quizás usé otras palabras, más a la altura de su edad, y esto es lo que se ha grabado como resumen en mi memoria soñada.

Fuera como fuese, la respuesta que recibí de mi nieta fue bastante directa:

“Pero Abu, tal como hablas me parece que estás en contra de Dios y de las religiones. ¿eres un hereje o un ateo?. A mí me han dicho que vosotros creéis en Dios y he visto “video recuerdos” vuestros de ceremonias religiosas de esa Iglesia, que me parece que criticas”.

Nuevamente, me quedé noqueado por unos instantes, ya que ni era falso lo que le había expresado a mi nieta sobre mis sentimientos, ni tampoco faltaba a la verdad su respuesta. Traté de reconducir la situación y hacer llegar al puerto que deseaba mi exposición.

“Sí, a pesar de todo esto que te he dicho, yo me considero creyente en algo que debe ser parecido a Dios y menos creyente hablando de ese triángulo: Iglesia, dogmas, fe. Creo en Dios porque sino, nuestra existencia sería un absurdo, para qué venir a sufrir mayoritariamente a este mundo, incluso los que disfrutan acaban muriendo. Creo en Dios porque no concibo que un extraño alineamiento de circunstancias aleatorias hayan dado forma al ser humano y le hayan dotado de la capacidad de razonar y evolucionar. Cómo crear desde el desorden cósmico el universo y cómo colocar en él al ser humano, sin la existencia de una forma de Dios. Me niego a pensar que nuestro mundo sea un parchís multidimensional con dados accionados aleatoriamente por un conjunto de “nadies” sin sentido.

En resumen, creo en Dios desde mi capacidad de pensar, pero no acepto dogmas que no pueda tratar de entender y tengo el deber y el derecho a cuestionar los mandatos de la Iglesia, al igual que lo haría con los mandatos de cualquier institución gobernada por humanos. Ello no quiere decir que no acepte algunos dogmas o pueda estar de acuerdo con algunos mandatos de la Iglesia, pero siempre desde mi libertad de pensar. No puedo aceptar la idea de que Dios quiera seres sumisos y obedientes, tras el esfuerzo que realizó para dotarnos de la capacidad para pensar y decidir libremente”

Parece como si me fuera creciendo en mi argumentación y recuerdo ver como los ojos de mi nieta se habían ido agrandando, mientras se quedaban fijos en mi rostro, mezcla de estupor, atonía y miedo ante mi disertación. No se me ocurrió otra mejor idea que preguntarle: ¿lo entiendes?.

Pregunta con una sola respuesta habida cuenta de la supuesta autoridad moral de un abuelo para su nieta de doce años. Su respuesta no pudo ser más ambigua y propia del tema en cuestión: Creo que sí.

¿Lo creía por “fe” en su abuelo?. Veinte años atrás, o sea ahora, las “palabras de abuelo”, una especie de “dogmas” para los de mi generación que tuvieron la suerte de conocerlos, habían ya perdido su valor. Tampoco se podía pensar en la infalibilidad del abuelo como institución (Iglesia). Así que solo me quedaba la esperanza de que mis palabras hubieran acertado a clavar algún dardo en alguna de las dianas de su capacidad de razonamiento.

Antes que pudiera seguir debatiéndome en estas dudas “abueliles”, continuó diciéndome: Entiendo que algo o alguien debe de dar sentido a nuestra vida y ser responsable de que estemos aquí y a ese algo se le llama Dios”

Si hubiera sido un “abu” inteligente, habría aceptado este puente de plata que me ofrecían para salir dignamente de esta interacción con mi nieta, pero mi honra la espetó: ¿lo entiendes o lo crees?.

Mi nieta, haciendo uso de sus genes no heredados de mí, me dio una lección de diplomacia: Abu, soy una niña, solo tengo doce años, no se espera de mi todavía, que entienda todo lo que me dicen los mayores. Sí me ha parecido que tu sí te crees lo que dices y que es tu verdad sobre Dios. Y zanjó el turno de réplica de manera elegante, o quizás irónica: ¿Quieres jugar un partido de fútbol en el “virtual play”, te doy la revancha de la última paliza que te dí?