¿Cómo se formarán nuestros jovenes en el futuro?

Se habla poco, o al menos no con la intensidad que yo pienso que se debiera, de cómo podrían impactar las nuevas tecnologías en el futuro de nuestro modelo educativo. No me refiero al uso de pizarras electrónicas, sustitución de los libros de texto por libros electrónicos soportados por tablets u ordenadores personales o al uso intensivo y extensivo de Internet. Esto es solo el aspecto externo. ¿No deberíamos ir mas lejos?. ¿Por qué nunca he oído hablar de llevar la educación virtualizada a las aulas (tele-educación), o de establecer planes educativos y seguimientos personalizados a medida de cada alumno, o titulaciones “one2one”, por ejemplo?

En España en los últimos cuarenta años, nunca ha existido un moldeo educativo estable. La educación, para nuestra desgracia, se ha usado como arma arrojadiza en cada cambio de partido gobernante que hemos sufrido, con el consiguiente impacto en el desorden y la calidad de la enseñanza para nuestros niños, adolescentes y jóvenes universitarios o de otras formaciones profesionales. No es menos preocupante la utilización política de la educación para adoctrinamiento, reescribir o tergiversar la historia y ajustar cuentas con el pasado. Si no rompemos este lastre y seguimos empezando cada vez de cero, nunca llegaremos a tener la estabilidad emocional que nos permita plantearnos cómo poder sacar todo el provecho a las numerosas oportunidades que las nuevas tecnologías nos brindan.

Sin embargo, siempre que un problema nos estalla en las manos, decimos que su solución pasa por atacarlo desde la educación, pero que ello requiere de más de una generación vital. Es decir, llegamos tarde y no nos anticipamos cuando pudimos haber puesto los medios.

Tampoco podemos pasar por alto, que el modelo educativo no se basa sólo en las escuelas y los maestros. La familia, madres y padres por igual y equitativamente, son, especialmente en las edades tempranas, los máximos responsables. El excesivo peso que está adquiriendo la ambición laboral en nuestras motivaciones vitales nos deja menos tiempo para supervisar y ayudar en la educación de nuestros hijos y nos defendemos haciendo responsable al modelo educativo. ¿No debería ser el modelo educativo un beneficiado natural, si finalmente se aborda en serio el tema del tele-trabajo?. ¿Qué mejor destino se le puede dar a parte del tiempo robado a los atascos en los desplazamientos laborales que ayudar a estudiar a nuestros hijos?

Algunos esconden la cabeza bajo el ala y proclaman a los cuatros vientos, que nunca estuvieron mejor formados nuestros jóvenes. No voy a discutir esta afirmación en algunas áreas, pero si analizamos la educación de manera global, la considero totalmente desacertada.

Es cierto que nunca tuvimos mejores oportunidades y medios a nuestro alcance, otro cantar es el uso que hacemos de ellos; por ejemplo, desplegando universidades por doquier, sin pensar si somos capaces de dotarles de los medios humanos, técnicos y de investigación necesarios. A nadie se le ocurre hablar de crear centros de excelencia y universidades de referencia. Nuestros políticos se empeñan en crear modelos en los que la etapa final de la formación de nuestra juventud se tenga que hacer a menos de 50 km de su casa natal y en una especie de “café para todos”. ¿No sería posible ser más ambiciosos, combinando el acceso a los mejores catedráticos para todos y sin movernos de casa?. Una vez más la tele-educación aparece como posible fuente de inspiración. ¿Qué ocurriría si la figura del maestro tradicional se dedicase a plantear y supervisar un programa a medida para cada alumno y a asegurar el entendimiento de los conceptos, en vez de a enseñar las materias, recayendo esta labor en los mejores expertos, que además estarían accesibles para todos y no solo para los que tengan la suerte de caer en sus manos gracias a su área de proximidad?

Aunque pudiera pensarse que a mi edad, los temas educativos ya deberían haber pasado a ser menos relevantes en mi escala de preocupaciones, como animal social y como abuelo de nietos presentes y futuros, este es un tema que me inquieta especialmente.

Vistos estos antecedentes, y para ser fiel a estos principios, tenía la esperanza de poder tener, antes o después, algún tiempo ensoñador que dedicar a esta materia. Por fin, mis plegarias fueron escuchadas por mi particular dios Morfeo disfrazado de futurólogo. Anoche tuve la visión de cómo serán, dentro de veinte años, nuestros colegios, institutos, centros de formación profesional, universidades y en general nuestro modelo educativo.

Claramente, no podréis esperar más que una visión optimista y esperanzadora, ya que sin educación considero que no hay futuro posible.

En esta ocasión, la puesta en escena de mi ficción ensoñada me cogió sentado a la mesa con varios de mis nietos. Algunos, los mas mayores, reconocibles en mi vuelta al presente, aunque como no podía de ser de otra forma, más entrados en años. Otros, los mas juveniles, de rostro “pixelado en mi cerebro” ya que aún no se han manifestado en mi presente.

Como cualquier abuelo, y esto no parece que vaya a cambiar en el futuro, parece que les había preguntado por cómo les iba en los estudios y estaban en pleno proceso narrativo de sus vivencias, inquietudes y, en algún caso, dificultades.

El que parecía ser el más pequeño, era el que estaba rindiéndome cuentas. A su manera, estaba contando cómo había sido una de sus últimas clases. No recuerdo muy bien el nombre de la materia que le habían explicado en dicha clase, ya que aunque lo dijo en mi sueño, no pude retrotraerla de manera entendible al presente. Algo así como si al decodificarla hubiera dado error de compilación mental en el presente, por ser una materia inexistente a día de hoy.

También me asombró que no hablase, en ningún momento, de su “colegio”. La clase transcurría en la sala de trabajo del domicilio de sus padres haciendo uso del equipamiento para “videoconferencias tridimensionales (imagen, sonido y emociones)”.

La videoconferencia estaba siendo impartida por un experto en la materia enseñada, no solo desde el punto de vista del conocimiento de la misma, sino también de su didáctica. Estaban participando en ella, de manera simultánea, unos cien niños. En ningún momento de su exposición le escuché usar los verbos asistir o presenciar. Siempre que se refirió a la videoconferencia usó alguna forma verbal de participar. Me comentó que, en varios momentos de la charla, se hizo uso de las "facilidades" de interactividad con el profesor. También me apuntó que, además de los niños, también estaban participando las “maestras personales” de los mismos e incluso estaban abiertas a la incorporación de los padres y madres desde el mismo domicilio de los niños o desde su lugar de trabajo, si no estaban teletrabajando. Las maestras personales, tenían un canal privado de comunicación con sus tutorandos, con acceso en tiempo real al canal emocional gracias a “las gafas 3D-8G de análisis cognitivo”; pudiendo así evaluar el grado de asimilación de cada parte de la charla.

Al finalizar la clase, las “maestras personales” se quedaban conectadas con sus niños, que podían ser entre uno y diez dependiendo de varios factores, en especial del grado de atención y dedicación personal que habitualmente requiriesen y también del apoyo que tuvieran que dar a sus padres o madres para el seguimiento del aprendizaje. En este seguimiento post-charla, según los datos emocionales recibidos, se repasaban primero los temas identificados como menos asimilados para los niños y luego se pasaba a un seguimiento más individualizado, mientras se dejaba al resto con otras tareas para reforzar la enseñanza, sacados de la base de conocimiento disponible para la materia. Estas tareas podían ser ejercicios prácticos o escuchar videoconferencias de apoyo, esta vez pre-grabadas.

A continuación, le tocó hablar a otro de mis nietos, que me comentó que acababa de terminar una semana de formación presencial. Esto consistía en que periódicamente, no recuerdo con qué frecuencia, se recurría al modelo de enseñanza actual y los tutorandos se reunían con sus “maestras personales” en colegios a la vieja usanza, pero equipados con todos los avances tecnológicos. En alguna de estas formaciones presenciales, dependiendo de las circunstancias se podía incorporar alguno o algunos de los padres. A veces, incluso se llegaba pernoctar en el colegio. Con todas estas combinaciones de posibilidades se trataba de lograr, no solo la eficiencia formativa, sino también mejorar las capacidades de conexión emocional, entre tutorandos, “maestras personales” y padres.

En este momento metió baza, uno de las nietas que estaba completando el ciclo de formación obligatoria y que tenía que decidir cómo, dónde y en qué continuar sus estudios, hasta su finalización antes de incorporarse al mundo laboral. No mencionó en ningún momento la palabra carrera, ni si debía decantarse por estudios superiores o de otra índole. Por lo que creí haber entendido en mi retorno al presente, esta etapa final era una especie de formación a la carta (one2one), que se debía decidir con la asesoría del “equipo de tutoría personal”. Este era un equipo multidisciplinar, integrado por personal formativo y psicólogos y liderado, para cada persona, por un “tutor de apoyo”. Los años de duración de este último ciclo podían variar entre un máximo y un mínimo, las materias a incluir en cada unos de los años se elegían entre varias disciplinas, combinando estudios superiores con formaciones más prácticas. Dichos estudios se realizaban o en casa o en centros de excelencia o en laboratorios especializados.

Por lo tanto, no existía el concepto de titulación específica como la tenemos ahora, sino algo a la carta y a la medida de las posibilidades de cada alumno. Esta labor de personalización empezaba desde las etapas iniciales, cuando se era niño. Lo que me describía mi nieta, en este caso, era la última fase del proceso.

El concepto de equipo multidisciplinar de apoyo también existía desde la más tierna infancia. Estaba constituido por maestros, psicólogos, logopedas, pediatras y liderado por el “maestro personal”. Lo que iba cambiando, según se pasaba de etapa, eran los componentes del equipo de apoyo y la figura del líder del grupo, “maestro personal” o “tutor de apoyo”. Bueno, había una figura que si que permanecía siempre en este equipo multidisciplinar, los padres, madres o tutores legales en caso de pérdida o incapacidad de estos. También creí entender que estos equipos multidisciplinares no cesaban con la obtención de la “titulación académica final personalizada”, sino con la obtención del primer puesto de trabajo y la superación de un periodo de prácticas.

Al llegar el momento de mi despertar diurno diario, aún faltaban algunos nietos y nietas por hablar y descubrirme otras facetas de esta nueva e ilusionarte realidad educativa. Es lo que tienen mis sueño ficción, que no puedo seguir soñando despierto y, en este caso, no fue porque me faltasen ganas; ya que lo revelado hasta ese momento me sonaba bastante coherente, atractivo y razonado.

La única reflexión final, sea cual sea la exactitud futura de aciertos de mi sueño, es que mucho debe cambiar nuestro modelo educativo si queremos estar preparados para poder absorber todo lo que nos podrá proporcionar el mundo futuro. Aun estamos a tiempo, pese al tic-tac que hace ya años empezó a descontar el margen de reacción que se tenía.