Cariño, ¡He perdido mi móvil!

Después de un periodo vital en el que me he visto seducido con la idea de imaginar cómo podría ser nuestro futuro, considerando los avances tecnológicos que nos sorprenden y abruman cada día, el infortunio ha querido posicionarme justo en el extremo opuesto.

Hace unos días, fruto de un accidente inconfesable para no verme humillado en mi propia autoestima, quiso el destino, que de repente, mi teléfono móvil desapareciera. Sin capacidad de reacción, y de un segundo para otro, me quedé sin ese apéndice existencial en el que se ha convertido este dispositivo.

Como todas las desgracias, ocurrió en el peor momento: en medio del fin de semana. Ni siquiera pude darle una merecida despedida, recuperar sus recuerdos y enterrarlo en algún punto limpio. Desapareció sin más, saltando desde el techo de mi coche, donde lo coloqué mientras organizaba el maletero, quitaba sillas de nietos y hacía espacio para las labores propias de un sábado por la mañana. Arranqué sin reparar que él seguía en lo alto, esperando que lo rescatara para acompañarme en el viaje, guardado en alguno de mis bolsillos. El azar quiso que no lo echara de menos porque no necesitaba usar su navegador, esta vez me sabía de memoria el camino hasta mi destino. Tampoco el “bluetooth” me alertó de su ausencia, ya que al inicio del viaje estaba en su radio de acción y detección. En suma la tecnología se alió en contra de la tecnología.

Nos debió de acompañar mientras pudo, botando y volviendo a caer en el techo del coche, hasta que algún bache en la carretera o curva excesiva, lo expulsara hacia el cruel asfalto. Allí debió perecer aplastado bajo las ruedas de algún coche, poniendo fin a más de dos años de compañía. Al principio deshice el camino andado con la esperanza de recuperarlo, sano y salvo, en alguna cuneta, hasta que la realidad me hizo afrontar su óbito y desaparición.

A grandes males, grandes remedios, pensé. Inicié las gestiones con mi proveedor para sustituirlo, todo por canales on-line, por supuesto. Me dí cuenta que en fin de semana, este proveedor no tiene tiendas físicas. Al final, pude resolver el incidente, pero iban a tardar dos o tres días laborables en mandarme a casa un duplicado de la tarjeta SIM y el nuevo terminal que tuve que comprar. Unido al hecho de estar en medio del fin de semana, fui agraciado en la lotería de mi vida con cuatro aterradores días sin teléfono móvil.

Haciendo gala de mi capacidad de raciocinio, pensé que era como si me involucionase al pasado, unos veinticinco años atrás. En aquella época, finales del siglo pasado, el teléfono no necesitaba adjetivos calificativos, como mucho el de inalámbrico. Además, estaba firmemente anclado en una pared o encima de un mueble o mesa, en el comedor, la cocina o el dormitorio de nuestras casas. Se usaba exclusivamente para hablar y tratábamos de no extendernos mucho en las conversaciones porque se pagaba por minuto hablado. Ni se nos pasaba por la cabeza que pudiéramos hablarle para preguntarle cosas, que lo usáramos para hacer fotos, que tuvieran pantalla de color, que pudiéramos ver películas o documentos en él, que accediésemos al mundo a su través y todo ese sin fin de cosas para la que usamos los móviles actuales. De hecho, hasta han perdido el nombre de familia, y rara vez nos referimos a ellos como teléfono.

Y ahí no acaba la transformación en estos veinticinco años: los llevamos en nuestros bolsillos, nos acompañan al baño, nos distraen en nuestros viajes en el metro o autobús. Incluso han reemplazado a nuestros amigos y pueden ser sustituto de cualquier tipo de nuestras relaciones familiares, sociales o, por qué no decirlo, sexuales.

Más me asombra el hecho de estar hablando de un periodo de mi vida en el que yo ya no era ni mucho menos un niño o joven, sino un ser adulto, padre de familia y que llevaba más de quince años trabajando.

Concluí que si mi vida era posible en aquella época, también lo debería ser ahora en ausencia de ese ente omnipresente en nuestra vida actual. El sobrevivir cuatro largos días y noches sin su compañía, era como un reto a mí mismo.

Hice una lista con todos los retos a los que me enfrentaría en los próximos días:

• Me debería acostumbrar a despertarme en medio de la noche y no notar su presencia en la mesilla, o peor aun, a despertarme por culpa de sus sonidos avisándome de la llegada de algún email o mensaje.

• Debería desayunar incomunicado, solo ante el café y la triste tostada, sin poder consultar la prensa on-line, hacer gestiones bancarias o mandar mensajes.

• Si me ocurría alguna avería en el coche mientras me desplazaba, no podría solicitar ayuda ni avisar a los que me esperaran, ni siquiera tendría la opción de buscar una cabina en la calle para llamar. Solo me quedaría solicitar la ayuda de algún viandante o conductor compasivo, no sin antes soportar su cara de asombro ante mi confesión de no disponer de móvil.

• ¿Cómo sabría llegar a esa calle de Madrid a la que debía ir o cómo volver a casa después?.

• ¿Sería capaz de estar una hora, entre comida y sobremesa, sin poder hacer uso del móvil?.

• ¿Se resentirían mis relaciones personales, familiares o maritales, al tener que hablar y escuchar ininterrumpidamente, durante más de una hora?

• ¿Cómo aguantaría ante el insoportable televisor los programas y sus pausas publicitarias?

• ¿Podría aguantar hasta llegar a casa para saber los resultados de los partidos del domingo? • ¿Cómo registraría mis entrenamientos, los pasos que daría cada día y el resto de mi actividad física?

• ¿Tendría que rescatar el mp3 de su escondite para escuchar música mientras corría por el campo?

No acababa de escribir la lista de retos, así que por salud mental, debí de parar. Se me ocurrió que una posible solución sería no separarme de mi mujer durante esos cuatro días, e incluso rogarle que me dejara usar los servicios de su móvil de vez en cuando. ¿Sería esto bueno o malo?. No me atreví a pensar la respuesta.

Al final no había más solución que andar el camino y descontar los segundos. Fueron pasando las horas, los días y las noches. Al final del cuarto día, abrí la puerta de casa. Vi un pequeño paquete encima de la mesa de la cocina con una nota manuscrita de mi inseparable compañera: ¡Sorpresa, te han traído esto!. Me lancé a por el paquete, lo acaricié. Con nervios de noche de Reyes, rasgué el envoltorio.

Ahí empezó la segunda parte de esta aventura de cuatro días. No sé que fue mas duro, si subsistir cuatro días sin móvil o superar la tarea de configurar el nuevo y ponerlo al mismo nivel de funcionamiento que el difunto anterior.

Cuatro días y cuatro noches después, me volví a despertar al alba de un nuevo día. Me levanté, instintivamente cogí el móvil de la mesilla, noté que pesaba menos y era más pequeño que el difunto anterior. Me dio igual, bajé a desayunar y a disfrutar de su compañía. Compañía que desde entonces no me ha vuelto a abandonar.

Ciertamente he comprobado que es posible vivir sin móvil en nuestros días, pero es otro tipo de vida. Sin duda, si desaparecieran para siempre, nos tendríamos que acostumbrar, pero sería otra vida. Los hemos convertido en algo ligado a nuestra existencia actual, para bien o para mal.

Siempre trato de encontrar la carne que da valor al hueso que nos tenemos que comer. En este caso lo bueno es, que de vez en cuando y por periodos cortos, no nos vendría mal el tener una cierta desconexión de este elemento móvil que se ha hecho inseparable para nosotros. Necesitamos enfrentarnos a la soledad de nuestro ser existencial, totalmente desnudos y desprovistos de cualquier elemento tecnológico que venga en nuestra ayuda. Algo así como escuchar el silencio tecnológico y volver a percibir toda la belleza natural y humana que nos rodea sin necesidad de acceder a ella, o verla sesgada e interpretada, a través de nuestro móvil.

¿Estáis de acuerdo?. Sí pensáis que sí, no hace falta que asesinéis a vuestro móvil, como hice yo involuntariamente. Bastará con que lo apaguéis por unas horas o por unos minutos si no sois capaces de más.