El triunfo del estratega

Hace ya mucho tiempo que se dijo: “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Este es un dicho que deberíamos aplicar a todas las facetas de nuestra vida, so pena de cometer errores imperdonables.

Hoy voy a aplicarlo al deporte y a la política. Me refiero a cuando se confunden los ámbitos de actuación de cada uno de ellos y se mezclan, voluntariamente o involuntariamente. Por supuesto que deporte y política pueden y deben compartir muchos de los valores fundamentales del ser humano: esfuerzo, disciplina, dedicación, competitividad sana, compañerismo, trabajo en equipo; por solo citar algunos.

El problema viene cuando se confunden y mezclan inadecuadamente. Voy a poner solo dos ejemplos, uno obvio, aunque genere opiniones en contra. Otro, que os resultará más extraño, pero que os pido que analicéis en profundidad, antes de pronunciaros.

Empecemos con lo fácil. Me refiero a la confusión del deporte con la política, normalmente asociado al deporte rey. Enfrentamientos políticos entre ciudades, regiones o países, que se trasladan al campo de juego con la inexorable dosis de violencia adjunta.

No quiero extenderme mucho en este ejemplo y acabo diciendo que este tipo de confusión, es el que me lleva a dar mi opinión sobre que el fútbol no es deporte de verdad. Es, más bien, un negocio, un espectáculo o una excusa para hacer política o usarlo como medio para cerrar contratos y otras operaciones financieras. Desgraciadamente, también se ha convertido en los últimos tiempos en sinónimo de delito, como fraudes fiscales o amaño de partidos.

Vayamos con la segunda parte de mi exposición, que es la que de verdad quiero transmitiros.

Hoy en día hay políticos que usan y abusan de su anterior relación con el deporte para vendernos sus supuestos éxitos y dosis de resistencia.

Cojamos, por ejemplo, un partido de baloncesto. Son cuatro tiempos de juego, pero el resultado final se decanta, normalmente en los últimos minutos. Y así cada partido. Da igual si se juega bonito, se pasa bien la pelota o hay juego en equipo. Lo que importa es quién tiene la posesión para hacer la última jugada y llevarse el gato al agua. En esa última posesión, se juegue bien o mal, lo que vale es que la pelota entre en la canasta, aunque sea un “churro” e incluso sea injustamente avalada por los árbitros. Si se gana el partido, los treinta y nueve minutos anteriores dan igual. La clave es ser el mejor o el más afortunado en los últimos segundos. Es la máxima expresión de que el fin justifica los medios, acompañado de que todo se perdona si entra el lanzamiento final, sea bonita o no la jugada.

Es la exaltación de la estrategia, frente al trabajo técnico, la dedicación en los entrenamientos o el trabajo en el gimnasio. Todo se subroga a hacer lo necesario para ganar, esa es la estrategia según estos políticos actuales. Las promesas en los treinta y nueve minutos anteriores, el trabajo realizado en ellos, todo da igual. Vale hacer faltas que no se vean, enfurecer al contrario para sacarle de quicio, prometer que tras la victoria vendrán partidos mejores.

La estrategia al poder significa: si yo gano, yo sigo jugando y sigo teniendo la posibilidad de ganar más. El público, los entrenadores, los otros equipos son meras comparsas. El único que gana es ese jugador divo que siempre quiere meter la última canasta para que todos le deban pleitesía por haber ganado el partido.

¡Qué pena!, De todas las cosas que se pueden transfundir desde el deporte a la política, solo se quedan con el que hay que ganar a cualquier precio, incluso rozando la ilegalidad o dopándose si hace falta.