El Mago Naturaleza

Hace mucho tiempo, y en un planeta no muy lejano al mío, habitaba un asombroso ser llamado Naturaleza. Era él, un prodigioso mago que trabajaba en un circo y que tenía un enorme sombrero de copa muy negro y brillante. Sus vecinos de planeta, que se llamaban a sí mismos seres humanos y posiblemente entonces lo fueran, no hacían más que pedirle cosas. Él, con prontitud y alegría, agarraba su sombrero, lo golpeaba delicadamente y extraía de él un sinfín de cosas magníficas.

Así, llegaba alguien enamorado y le decía:

“Mago Naturaleza, dame una flor para regalársela a mi novia.”

Al instante emergía, esplendorosa, del fondo de la ancha copa, la más hermosa, la más grande y la mejor perfumada de las flores. O quizás alguien le rogaba:

“Mago Naturaleza, regálame un árbol para mi jardín.”

Y, de repente, salía, desde sus ramas hasta sus raíces, un grueso y potente arbusto. O el esforzado campesino que le imploraba:

“Mago Naturaleza, dame agua.”

Y entonces su sombrero se convertía en una gigantesca catarata de la que brotaba un agua fina que parecía una lluvia de diminutos diamantes y que hacía fructificar la más yerma de las tierras. También los niños le pedían:

“Mago Naturaleza, danos el mar para jugar en él.”

Y, aunque no fuese su cumpleaños o aunque no fuese ninguna fiesta especial, Naturaleza extraía de su sombrero un gran paquete envuelto en papeles de muchos colores y rematado, en su cima, por un enorme lazo rosa. Ellos lo desenvolvían inquietos mientras, con los ojos, le preguntaban:

“¿Cómo puede caber el mar tan sólo en ese paquete?’”

Él simplemente les sonreía porque Naturaleza, el gran mago, era así, nunca hablaba, sólo sonreía. Al acabar de abrir el paquete, y sin saber cómo, se veían envueltos en arena de una playa acariciada del mar por todas partes. Entonces el mago agarraba su sombrero, se lo ponía y se iba haciendo cabriolas y piruetas.

Así pasaron muchos años y muchos siglos durante los que nacieron y murieron muchas generaciones de seres humanos, pero Naturaleza seguía actuando en el mismo circo y seguía tan joven. Todos los que le habían pedido cosas siempre habían quedado fascinados por su magia. Sin embargo, un triste día llegó un hombre y le dijo:

“Mago Naturaleza, préstame un árbol.”

Y Naturaleza, sonriendo como siempre, se lo dio; pero el hombre, al recibirlo, sacó un hacha y, entre risas histéricas, empezó a romperlo sin saber porqué. Por primera vez, Naturaleza enmudeció su sonrisa. Ya muchos siglos antes, le había pasado algo parecido cuando un hombre le pidió un árbol e hizo con él un fusil. Pero esto era aún más grave: romper un árbol porque sí no era lógico. Más tarde llegó una mujer y le dijo:

“Mago Naturaleza, dame una flor”

Y Naturaleza, que ya había olvidado el incidente anterior y volvía a sonreír, le dio la flor más bonita y más grande que encontró. La mujer la tomó y, ante sus ojos, la estrujó, la echó al suelo y la pisoteó con furia. Naturaleza jamás se enfadaba cuando alguien le pedía una flor y la deshojaba lentamente, pétalo a pétalo, cantando unos dulces: “me quiere, no me quiere”. Pero eso era ir demasiado lejos. Otro día llegaron unos muchachos y le dijeron:

“Mago Naturaleza, danos un pájaro.” Naturaleza, olvidando todo lo sucedido, sonrió de nuevo y les dio el pájaro más exótico que jamás saliera por por la negra copa de su sombrero. Al empezar el pájaro su vuelo los muchachos sacaron sus tirachinas y empezaron a apedrearlo. Por primera vez, vi llorar a Naturaleza.

Días después llegaron unos hombres vestidos con batas blancas y uniformes militares con muchas medallas en el pecho:

“Mago Naturaleza, danos tu sombrero”

”¿Para qué lo queréis?” “Lo necesitamos y, además, es nuestro. Todo lo que hay en el circo es nuestro, incluso tú, también, eres nuestro”

Sin mediar otra conversación se echaron sobre él y le robaron el sombrero. Éste, como un perro fiel, se defendió y trató de defender a su amo. Les echó terremotos, mareas, volcanes, incluso pestes, pero fue inútil; los seres humanos le robaron su sombrero de copa. Naturaleza y su negro amigo nunca fueron guerreros, tan sólo querían hacer el bien y por eso ahora se veían así: Naturaleza en el suelo llorando amargamente y el sombrero sobre la mesa de un quirófano, atado con muchas correas y anestesiado. Los científicos le rodeaban y le echaban pigmentos amarillos, ocres, rojos, verdes y de todos los colores. Estos venían en unos tubitos de cristal muy finos que tenían escritos unos números y unas letras indescifrables. Posteriormente le ordenaban:

“Danos una flor.” “Danos un árbol.” “Échanos un pájaro.”

Pero el sombrero sólo podía obedecer a su Mago Naturaleza y a nadie más. Hubieron de dejarlo por imposible y le devolvieron el sombrero a su amo. Hoy, Naturaleza, ya no sonríe, tan sólo de vez en cuando ensaya una pequeña mueca. Siempre está serio, su pelo es ya canoso e incluso su varita mágica la cambió por un bastón. Su sombrero esta deshilachado, ya no brilla y en su interior han nacido algunas telarañas. Desde que los científicos y los soldados le echaron aquellos ungüentos, el sombrero no da lo que daba antes. Cuando un niño llega y le dice:

“Mago Naturaleza, dame una flor”

Naturaleza se esfuerza y se dice a sí mismo:

“Tal vez ahora lo consiga”.

Golpea su sombrero con ilusión y del fondo de sus telarañas sale una flor con pétalos carcomidos que se abren y se cierran como la respiración entrecortada de un agonizante. A los pocos instantes la flor se desploma dejando como última señal de vida una bocanada de humo gris. Naturaleza sabe que nunca sus flores, sus árboles, sus pájaros, sus mares, etc.., volverán a ser los mismos porque su sombrero está contaminado. Naturaleza tose de vez en cuando, incluso anda cansino. Su traje está sucio y roto, ya no es un mago, casi parece un mendigo harapiento y viejo.

Hace poco vino otro señor de bata blanca y tomó las medidas al sombrero, dicen que quieren construir uno igual. Ayer vino el médico y estuvo examinando a Naturaleza. Le mandó reposo y que se cuidara mucho. Yo creo que Naturaleza va estando achacoso y que cualquier día se les morirá a los seres humanos. Los científicos y los soldados están buscando un sustituto al mago del circo, pero les está resultando difícil encontrarlo. Como solución algunos han pensado en traer un espectáculo de boxeo porque la gente chilla y se divierte mucho, otros han programado viajes lejanos planetas para buscar algo parecido. Los seres humanos ignoran, o parecen ignorarlo, pero yo se que cuando Naturaleza muera también morirá el circo porque el circo carece de sentido si Naturaleza no efectúa su magia.

Por último, se me olvidaba deciros una cosa por si alguna vez os lo encontráis por ahí, el circo se llama “Circo Tierra”. Con un poco de suerte aún veréis algo de lo que fue Naturaleza, pero también es posible que veáis a los seres humanos, que se creen muy fuertes y poderosos, y que tratan de imitar al mago construyendo jardines de hormigón, árboles de acero, ríos de asfalto y rosas de plástico. Esos seres humanos no se dan cuenta de que Naturaleza es el único capaz de producir vida. Esa vida de verdad, la que nace, crece y también se muere para dar paso a otra generación, nuevamente espléndida y quizás algo diferente de la anterior y, por ello, capaz de embriagar a los que se detengan a mirarla. Y no esa vida estática e inmutable que ni huele ni tiene color.