Quién me iba a decir que un fenómeno meteorológico, tan devastador como el que estamos viviendo y sufriendo, me iba a hacer retroceder, casi medio siglo, en mis recuerdos. Hasta hace unos días, para mí, el oír hablar de Filomena era sólo un vago recuerdo de mi infancia, tan lejano en el tiempo como las vivencias de unas cantidades de nieve como las que nos ha traído esta Filomena térmica.

Mi Filomena era la cuarta de siete hermanos y la única hembra, como decía su padre, el tío Eustaquio, en su lenguaje tosco y algo grosero, pero bastante normal en su época. Su condición de ser la única mujer en una familia numerosa, de un poco más allá de los mediados del siglo pasado, le auguraba un negro futuro, ya que ella sería la que debería cuidar de la casa y de sus padres, mientras iría viendo cómo sus hermanos iban estableciéndose por su cuenta y podrían luchar por labrase un futuro. Era lo que tenían los usos y costumbres de la época. Al menos algo se había ganado respecto a algunas décadas anteriores porque ella sí pudo estudiar y aprender el bien más preciado que se le puede otorgar a un ser humano: leer y escribir. Don Alfredo, el maestro del pueblo, decía que era la más inteligente de los niños de su escuela y que si hubiera nacido con otro tipo de órganos genitales entre sus piernas, hubiera podido tener un futuro más allá de los campos, el ganado y las otras labores de su casa. ¡Qué maldito es el destino que se permite malgastar así las dotes intelectuales de una persona! - se decía, para sí, cada vez que veía razonar a aquella Filomena.

Yo era un niño de Madrid, como me decían en ese pueblo, que tres meses al año pasaba sus vacaciones de verano en el mismo. Filomena era cinco años mayor que yo, pero en realidad podrían haber sido diez debido a su grado de desarrollo físico e intelectual, cuando apenas había cumplido los quince años. Esos que algunos cursis o cantautores de bingo se empeñar en llamar: ¡La niña bonita!. Aunque en su caso, ese símil se hubiera quedado incluso corto.

Su familia vivía enfrente de la casa de los abuelos de mi madre. A veces yo me sentaba en el pollete de piedra que había en la entrada y me quedaba mirándola mientras ella le quitaba la piel a un conejo que acabaría dando majestuosidad al arroz del mediodía de un domingo de verano. Ella me sonreía y me miraba sin perder ni un ápice de la destreza que tenían sus manos desollando a aquel pobre animal, que una hora antes había sucumbido, en el corral, a la rapidez de las manos de Filomena para atraparlo. Ella lo era todo en esa comida del domingo: la cazadora, la cocinera y la criada que servía la comida a sus padres, sus hermanos y a los invitados, que éramos mis abuelos y yo. Al menos mi abuelo le obsequiaba con un piropo a sus dotes culinarias. Yo me guardaba mis piropos para adentro, ya que no podía decirlos en público. Su tez morena y la fuerza de sus ojos me recordaban mucho a Sofía Loren. Aunque lo que ellas compartían, de verdad, era en la belleza de sus pechos, incluso yo hubiera dicho que Filomena la superaba. Cada vez que se agachaba sobre la mesa para recoger algo y me obsequiaba con la visión interior de un trozo de la perfecta redondez de sus senos, mi incipiente adolescencia se despertaba e ilusionaba. Más de una vez, mi abuelo me tuvo que dar, disimuladamente, un puntapié por debajo de la mesa para que apartara mi vista de ese objeto de deseo.

Con los años entendería que si me regañaba por mi acción, sería porque se daba cuenta de que estábamos admirando lo mismo. En esa época, en los pueblos no había piscinas municipales ni tampoco bañeras en la mayoría de las casas, así que la única manera de darse un baño o de limpiar todas las impurezas del cuerpo era bajando al río. Los bañadores de la época, y más en los pueblos, no eran tan escasos en tela como empezarían a ser los años posteriores. Sin embargo, para mí el ver a Filomena, dentro del agua de ese río, con algo menos de ropa que de costumbre, era una maravilla. Un poco más abajo de donde solíamos ir a bañarnos todos los niños y niñas, había una pequeña charca que algunas usaban para lavarse sin ropa. Allí fue donde vi, por primera vez, a una mujer completamente desnuda. Y, evidentemente fue Filomena. Uno de esos días de baño en el río, la escuché decir a otras chicas que se iba a bajar a la charca y que vigilasen para que ningún atrevido se fuera a fisgonear. A mí, por mi edad y mi supuesta inocencia, no me debieron considerar sus amigas como perteneciente a ese grupo de potenciales mirones. Al ver que ellas estaban vigilando sólo a los otros chicos, yo me fui despistando y, sin ser visto, llegué hasta la charca y me aposté detrás de unos matorrales. Allí fui obsequiado con el premio gordo. Ella, al sentirse libre de fisgones, no tuvo ningún pudor en quitarse toda la ropa y ponerse a juguetear con al agua. Vi, entusiasmado, cómo se metía y salía de debajo del agua y pasaba sus manos, acariciando todo su cuerpo, para enjabonarse. Estuve a punto de ser descubierto al mover un poco de tierra con mi pie. Ella se asustó e instintivamente se cubrió sus partes más intimas con las manos. La suerte se alió conmigo y un pajarillo salió revoloteando cerca de dónde yo estaba, provocando que Filomena abandonara su posición de guardia y volviera a hacerme visible todo el esplendor de su cuerpo. Aquella noche casi no pude dormir porque no logré quitarme de mi cabeza lo que había visto y comprobé cómo esos recuerdos eran capaces de producir extrañas elongaciones en una parte muy concreta de mi anatomía.

En verano, en agosto, eran las fiestas del pueblo. Solían organizar un baile en la plaza del pueblo y Filomena tenía muchos pretendientes, pero la cohorte de hermanos, mayores y menores, hacían casi imposible que nadie pudiera acercarse a ella. Una vez, mi cercanía a la familia y mi supuesta inocencia, me dejaron el camino libre y armándome de valor le dije a Filomena que si quería bailar conmigo. Ella me sonrió y me tendió su mano. Nos fuimos agarrados hasta el centro de la plaza y allí ella dirigió y colocó la posición se mis manos: la derecha a la altura del lugar que, debajo de su vestido, debía de ocupar el cierre de su sujetador y la izquierda, en alto, agarrada a su mano derecha. Yo no sabía, en aquel momento, que el chico es el que dirige en el baile. Aquella vez fue al revés, sus manos me guiaron y yo me vi, dando giros y haciendo pasos, y obedeciendo sin rechistar a Filomena. Sentí como nuestros pechos se rozaban y, si hubieran sido otras las circunstancias, hasta me hubiera atrevido a besarla. Al final fue ella la que me besó, pero en la mejilla. Esa noche soñé, otra vez, con Filomena y fantaseé con la posibilidad de que en unos años, cuando yo fuera algo más mayor, podría llegar a tener algo con Filomena.

Un par de veranos después, cuando fui de nuevo al pueblo en vacaciones, vi que Filomena ya no estaba en la casa de enfrente. Les pregunté a mis abuelos que dónde estaba y ellos me dijeron que de eso no se podía hablar porque el tío Eustaquio se ponía hecho una fiera. También, por lo que me enteré unos días después, supe que el tío Eustaquio había estado persiguiendo por todo el pueblo y alrededores, armado con su escopeta de caza, a Don Alfredo; porque le hacía responsable de la desaparición de su Filomena. Decía que le había metido los “pájaros en la cabeza” y que por eso se había escapado de casa. La Guardia Civil la estuvo buscando y mandaron su foto a todos los cuartelillos de las Españas, pero ya nunca más volvió a ese pueblo, al menos en los últimos cincuenta años.

Filomena fue para mí un despertar a muchas sensaciones, pasiones y deseos. Mas en el terreno de la teoría que de la práctica. Fue como esa ilusión que todos los niños pequeños tenían hace unos cuando vieron empezar a caer los primeros copos de nieve. Se veían jugando, disfrutando y experimentando cosas nuevas, nunca antes vividas por ello. Yo tardé algunos años en desembarazarme del síndrome de Filomena, hasta que desaparecieron sus recuerdos. Lo mismo que nos pasa ahora que con la otra Filomena: hemos pasado de la ilusión al hartazgo. Nos prometía un chorro de nevado aire puro y ha acabado sepultando nuestras vidas, encerrándonos en casa y poniendo en riesgo nuestros suministros. Ha quebrado los huesos de muchos a base de traspiés y caídas. Otros han sucumbido ante la fiereza de su frío. A mí me pasó algo parecido, en mi adolescencia estuve buscando esa pureza del amor platónico que creí ver en Filomena y acabé harto de desengaños y quebraderos de cabeza. Con los años el sol derritió toda la nieve helada que enterraba mi corazón y sólo entonces pude reanudar mi vida y luchar por encontrar el verdadero amor. Estos son los recuerdos que ha devuelto a mi memoria el alias de Filomena.

P.D. Para evitar malinterpretaciones, esta historia sólo esta basada en los hechos reales de la actual Filomena, la otra es puro divertimento y ficción propios de de un escritor que también soñó y se ilusionó como adolescente en alguna noche de verano.