29 de Diciembre de 2011

Con el cuerpo ya recuperado, alejado de las emociones vividas durante la prueba e inmediatamente después de la misma, llega el momento de comentar lo ocurrido. Cuando me planteé en mis objetivos anuales, dar un pasito más en la especialidad del ultrafondo, no sabía muy bien donde me metía. Cuando alguien se plantea pasar de una prueba de 10 km al maratón se pasa de pensar en minutos a pensar en horas. Cuando te atreves a dar el salto a los 100km empiezas a considerar que vas a estar más de 10 horas quemando zapatillas y cuando en tu borrachera de locuras te dices a ti mismo: ¿qué pasaría si hiciese una prueba de 24 horas y además en pista?, no sabes realmente a lo que te vas a enfrentar. Te haces preguntas como si se comerá, si se duerme, hasta dónde serás capaz de correr sin alternar con andar, qué pasará al día siguiente. Lo malo de los tiempos modernos es que existe Internet y hay gente que cuenta sus experiencias, pero en esto, al igual que la mili o el parto, nunca hay dos iguales. En 24 horas, 194 kilómetros y 395 metros y 444 (número redondo) vueltas de unos 440 metros cada una a la pista, tienes tiempo de pensar en todo, pasar por todos los estados de ánimo, aguantar el dolor de todos y cada uno de los músculos, incluso de hablar por teléfono móvil para radiar la carrera a tus familiares y que puedan dormir tranquilos. Lo más gratificante fue el ver a las doce menos cinco, tras casi 24 horas de competición, como, todos y cada uno de los que estábamos en la pista, irradiábamos alegría, cada cual con su objetivo cumplido, que por encima de todo es aguantar como sea. Ni el tiempo pasado, ni el cansancio, sueño, frío o viento que soportamos pudo con nuestro afán de guerreros. Ha sido la primera vez que he corrido con abrigo, he tomado un plato de macarrones a las doce de la noche sin dejar de andar, me he bebido más de un litro de consomé calentito y me he echado tres siestas de veinte minutos en la madrugada. No sé cuántos plátanos, naranjas, dátiles, chocolate, etc.. habré digerido en estas 24 horas. La mayor anécdota fue cuando en el control de avituallamiento, a las 3 de la noche, va un gracioso y nos dice que si queremos coca. Uno, que tiene el defecto de correr mirando al suelo, no da crédito, levanta la cabeza y ve una mano amiga que te alarga un trozo de bollo: la Coca. Lo malo de esta experiencia, es que he visto que con entrenamiento, disciplina y sabiendo siempre donde están nuestros límites, se pueden hacer estas cosas, que a priori, parecen un atrevimiento y una insensatez mayúscula. Especialmente, cuando ya se van teniendo unos años y tienes a la vuelta de la esquina la posibilidad de convertirte en abuelo. Ahora que ya se un poco lo que es esto, pienso que puedo repetirlo y mejorar un poco, sobre todo si considero que la marca medida a las doce horas fue de 115 kilómetros y 91 metros. La idea de los 200 kilómetros me rondó la cabeza durante muchas horas y solo a eso de las 8 de la mañana fui consciente que debería conformarme con los 190 y pico, lo cual dicho sea de paso, lo hubiera firmado y considerado una gran marca antes de empezar. El mejor recuerdo, el de siempre, los abrazos que di a mi mujer cuando superé los 190 kilómetros y al acabar. Sé que sufre por mí, porque siempre piensa que me estoy pasando, pero sé que al final acaba estando a mi lado. Especialmente esta vez que tuvo que trasnochar conmigo, como nunca lo hemos hecho ni siquiera para irnos de juerga. Con esta prueba, he puesto fin a un año, en el que debo considerar que me ha sonreído la suerte y me han respetado las lesiones tras tres maratones, dos pruebas de 100 y una de 24 horas. Si contabilizo las horas y kilómetros de entrenamiento, no soy capaz de visualizar los ceros a la derecha. Gracias a mi entrenador por hacerme capaz de conseguirlo. Finalmente, gracias a todos por el apoyo y ánimos, perdón por haceros sufrir. Por encima de todo, un deseo: seguid creyendo en mí, os necesito a mi lado para afrontar mis retos. También una promesa, el día que vea que algo es irrealizable, seré el primero en asumir mis limitaciones y nunca considerarlo una derrota. El atletismo no es un deporte de cobardes, pero tampoco lo es de locos.