24 de Enero de 2019

Supongo que cuando se acuñó el término “Cuarto Poder” para representar a los medios de comunicación, pocos imaginaban que en algún momento se convertiría de facto, en el “Primer Poder”. Hoy en día, este “Cuarto Poder” influencia en tiempo real a cualquier otro estamento de nuestra sociedad moderna. Tras la bandera de la libertad de expresión se esconden oscuros intereses: económicos, políticos, religiosos, etc., cuyo único objetivo es dirigir la opinión pública hacia sus intereses, que es lo mismo que decir hacia los intereses de aquellos que invierten en ellos.

 

Aun existen “románticos” que recuerdan que la función de los medios es: Formar, Informar y Entretener. Frente a ellos, están los que dicen que la “calidad” de la información responde a la ley de la oferta y la demanda. Los medios on-line, los impresos, las televisiones, las radios ofrecen aquello que les demandan los ciudadanos de a pié, en base a la estricta regulación que representan las “cuotas de audiencia”, los “likes” y los “followers”. Ello unido a la terrible realidad de que las buenas noticias no venden, si exceptuamos aquellas que vienen precedidas de una desgracia. ¿Quiere ello decir que la información es basura porque la sociedad actual también lo es?. O siendo más cáusticos, ¿la sociedad es como es porque en parte gracias a los medios, se la forma, informa y entretiene con basura?

 

Mirándonos a nuestro ombligo particular, todos hacemos gala de una hipocresía infinita cuando negamos las horas que pasamos ante el televisor y nuestra adicción a los “realities shows”; o que usamos la “caja tonta” como aparcamiento de los dos colectivos más desprotegidos: los niños y las personas mayores. 

Empieza a manifestarse en porcentajes cada vez mayores, una “enfermedad moderna” que consiste en hablar al “rectángulo de plasma” y convertirlo en una especie de “amigo visible”.

 

Según el “Análisis Televisivo 2017 de Barlovento Comunicación”: los españoles pasamos una media de 240 minutos por persona y día frente al televisor. Sí, han leído bién: ¡4 horas!. Y ello de media, no quiero caer en el chiste de los medios pollos que nos comemos y la estadística, porque sería reconocer que hay personas que pasan más tiempo al día viendo la televisión que la suma del resto de sus actividades, horas de sueño incluidas.

 

Una vez más, me niego a caer en el derrotismo de que no se puede hacer nada para revertir esta situación. Ahí va mi simple propuesta: marquémonos como objetivo alcanzable para el recién estrenado 2019, reducir en un diez por ciento el tiempo diario que pasamos ante el televisor. Si aplicamos la estadística del análisis anterior, representaría de media, algo menos de media hora por persona y día. Ese tiempo lo podríamos emplear en hablar con nuestros hijos o con nuestros padres, en leer un libro que nos ayude a imaginar, soñar o pensar, en hacer deporte; incluso los virtuosos en cantar, bailar o tocar un instrumento musical. En fin, en cualquier actividad útil para nuestro desarrollo personal, familiar, laboral, o de la faceta éticamente correcta que se nos ocurra.

 

¿Quién se apunta?. Yo, personalmente he decidido emplear ese tiempo robado a mi televisor en hacer uso de mi derecho a opinar y expresarlo en mi blog: www.nosoyundinosaurio.es

 

¡Suerte con la desintoxicación!