Hace unos días renové por tercera vez mi demanda de empleo, eso quiere decir que ya he cumplido nueve meses de camino por esta nueva encrucijada vital en la que me colocaron, recién cumplidos mis cincuenta y nueve años.

Estos nueve meses han sido un verdadero embarazo. He ido viendo crecer mis ideas y dando respuestas a los diferentes retos que necesitaba plantearme. Confieso que mi agenda y mi vida están tan llenas como hace un año, cuando era una persona que gozaba de un trabajo, tenía cierto reconocimiento profesional y recibía el premio de un nómina a final de mes.

Dos son las grandes diferencias, ahora yo decido como gestionar mi tiempo y ya no recibo una nómina, sino una prestación en supuesto pago a más de treinta y cinco años en los que fui solidario con mis compatriotas a través del pago de impuestos y deducciones.

Tengo la suerte de ir al gimnasio, piscina o correr dos horas, seis días a la semana. He vuelto a estudiar en la universidad de mayores. He obtenido la titulación como Técnico Deportivo de Atletismo. Me he apuntado a organizaciones de voluntariado para ayudar a personas discapacitadas. Colaboro, aportando mi experiencia, como mentor voluntario para emprendedores. Tengo más tiempo para ayudar a mis hijas, nietos y padres cuando lo necesitan. Me esfuerzo cada día en tratar de no molestar a mi mujer cuando estoy en casa y trato de deleitarla metiéndome en la cocina, a veces con éxito y otras no tanto.

Y por si esto no fuera poco, me ha dado por escribir. Volviendo al símil del embarazo, ayer por fin dí a luz a mi primera novela. Nadie me podrá quitar la ilusión de haber llevado a puerto este nuevo proyecto. Quizás no logre que la lea nadie, pero a mí me ha servido, de momento, para sentirme vivo y disfrutar mientras la creaba. Ahora empieza la parte dura de ver si tiene una mínima calidad y aceptación.

Estoy descubriendo las particularidades de esta nueva actividad y las pocas ayudas que existen para promocionar la cultura. Incluso, hay dudas de la compatibilidad de esta afición y una mínima rentabilidad de la misma, con la percepción del paro o de una próxima pensión de jubilación. En cualquier caso, seguiré adelante con esta ilusión e iremos saltando los obstáculos si aparecen.

Me niego a que me condenen a mirar como avanzan las obras de la calle de enfrente o hacerme un teleadicto a los “reality shows”, aunque fuera eso lo que nuestros insignes políticos desearían. Tengo derecho a soñar y a perseguir mis sueños.

Voy a empezar a darle el biberón y a cambiar los pañales a mi recién nacida novela. La llevaré al pediatra y trataré de ver como va creciendo por los percentiles literarios. Y por encima de todo, seguiré creyendo en mí mismo, divirtiéndome con lo que hago y sintiéndome vivo