Un profesor ha muerto por no llevar tabaco

Entre tantas noticias insulsas sobre bodas de famosos y sobre pactos, cumplidos, incumplidos o rotos, quizás nos haya pasado desapercibido la muerte, a golpes en la calle, de un profesor en Oviedo. La causa del ataque fue el que no fumara ni llevara tabaco encima. Terrible sentencia para tan nula culpa. Sus “presuntos” asesinos ya están detenidos. Como no ha habido violencia de género implicada, la noticia apenas ocupa titulares y no salen los hipócritas de rigor a rasgarse las vestiduras. Todas las muertes son iguales. Todos estos muertos eran igual de inocentes y tenían la misma vida por delante. Igual que mi hija pequeña, este sábado se iba a presentar a las oposiciones de magisterio para tratar de conseguir una plaza fija.

También llama la atención la proliferación excesiva de riñas, tumultos, peleas y, en este caso, muerte, asociadas a la celebración de fiestas populares.

Alguno, podrá decir que es una terrible paradoja que alguien dedicado, en vida, a la labor educadora, haya sido matado por la mala educación que impera en parte de nuestra juventud. Se podrá aprovechar para arrimar el ascua a su sardina y asociarlo al evidente fracaso del modelo educativo en nuestro país y sus distintas diecisiete autonomías.

Este no es sólo el fracaso de un modelo educativo, es el fracaso de un modelo familiar porque supongo que esos asesinos, “supuestos” hasta que no sean condenados, tendrán padres y madres. También el profesor asesinado seguramente los tuviera. Ahora habrán recibido uno de los peores mazazos que puede dar la vida: la muerte de un hijo o de una hija, especialmente si además es joven. Pero, es mucho más, es el fracaso de un modelo social, sangrado por este y otros acontecimientos similares. Un modelo social capaz de pasarse todo el fin de semana cotilleando las vulgaridades de los famosos y casi no inmutarse por sucesos como este. Como mucho, un minuto de silencio y la suspensión de algún festejo. Miramos para otro lado en cuanto podemos y nos consolamos pensando que no nos ha tocado a nosotros.

¿Qué nos está pasando?. Algo debemos estar haciendo muy mal. Tenemos la mayor época de progreso de la raza humana en sus miles de años de historia y no somos capaces de evitar estos hechos. Y lo que es peor aún, si esto fuera sólo un caso aislado, todavía habría esperanza. Es urgente que nos rearmemos en valores éticos. No me refiero a caer en brazos de fundamentalismos religiosos, a los que considero igual de letales. Hablo de trabajar desde la base, desde la familia, desde los colegios y desde la sociedad.

Si el tutor de nuestros hijos nos llama para comentar algo que ha sucedido con ellos, hagámosle caso y pensemos en si tiene razón. Posiblemente aún estemos a tiempo de reconducir el tema. Dediquemos tiempo a nuestros hijos, observemos qué hacen, preguntémosles qué les pasa. Ya sé que es más fácil ponerles una película, comprarles un móvil o pagarles clases particulares o extraescolares y que nos dejen en paz. También nosotros tenemos el derecho a descansar después de una agotadora jornada profesional o debemos sacar tiempo para pasear al perro. Ese sí que es un buen compañero, no nos da disgustos, nos lame la mano y solo hay que sacarle a pasear para que haga sus necesidades. Por eso cada vez se prefiere más tener perros que tener hijos. Además, si hacen algo basta con tener un seguro de responsabilidad civil y se acabó el problema.

¿Quién se atreve hoy en día a regañar en la calle a un niño si ve que está haciendo algo mal?. Si lo haces te puedes buscar un problema. También hoy en día, te pueden amenazar con quitarte la custodia de tu hijo si alguien piensa que te extralimitas al regañarle. Hoy hay que ser amigos de tus hijos, el ser padres está “demodé”.

Descanse en paz este profesor muerto, pero ojalá despierte nuestras conciencias y algo empiece a cambiar. Todavía podemos estar a tiempo.